Árido (adaptación de Una Despedida de Vladimir Peniakoff)

Actualizado: 26 dic 2020



Gordon, Tana, Laya y yo decidimos dirigirnos hacia el pueblo más cercano. Creímos que encaminarnos en el viaje a una hora improbable sería una buena forma de despistarlos. Gordon se negaba a dejar Tácamo, estaba seguro de que allí encontraríamos el laboratorio abandonado de su padre y yo estaba seguro de que allí encontraríamos el mismo infierno.


Después de subir el equipo y el pequeño equipaje de cada uno a la camioneta, encendí el motor, aunque Gordon seguía dentro de la habitación buscando en el mapa del pueblo un posible lugar que pudiésemos haber pasado desapercibido en nuestra búsqueda de trece días. Tana, su hermana, ya había subido con Laya sin que yo se lo pidiera (prefería la compañía de mi perra que la de su hermano). A lo lejos vimos fumarolas que sólo indicaban una cosa: la cacería había iniciado.


Comencé a avanzar lentamente mientras gritaba el nombre de Gordon por la ventana y Tana desesperada gritó conmigo. De pronto se escuchó una alarma a la distancia y Laya comenzó a ladrar. Gordon salió corriendo frustrado detrás de la camioneta, pero ya era demasiado tarde. Por el retrovisor alcancé a ver una pick-up repleta de hombres armados, mercenarios sin duda, que empezaron a disparar y en un salto sorprendente Gordon logró alcanzar los pies de su hermana y trepó al interior. Tana azotó la puerta y aceleré. El joven se retorcía en el piso de la camioneta y al mismo tiempo me repetía una y otra vez que regresara a Tácamo, que debía entrar en el túnel abandonado para volver al pueblo. Yo no entendía esa petición, escuchaba las balas penetrando el vehículo y los alaridos agudos de Laya, no sabía si era razonable obedecer al enclenque agonizante, pero lo hice.


Al llegar al túnel, nuestros cazadores, que por alguna razón dejaron de disparar (supongo que nos necesitaban vivos), se quedaron en la entrada. Al parecer no cabían por ahí, nosotros apenas rozábamos los costados. Así que en una bifurcación sin señalamientos tomé el camino de la izquierda y desembocó en una carretera desértica. Continuamos un par de kilómetros y salimos de la carretera hacia la arena, aprovechando que la polvareda de ese instante cubriría el rastro de las llantas.


Detrás de unas rocas y cactáceas me detuve para ayudar a Gordon. Tenía una herida en la pantorrilla. La sangre brotaba y luchando contra un ligero vahído y mis náuseas, vacié una botella con agua sobre el perfecto agujero que los hombres de Tabe habían hecho. Le pedí a Tana que me diera la ampolleta de morfina que estaba en el botiquín y sin pensar clavé la filosa aguja en la pierna de mi amigo, desde luego que no sabía nada de lo que estaba haciendo. Gordon mordía un asiento de la camioneta y gritaba enloquecido, la ardiente sustancia lo hacía sudar y parecía que sus venas estaban a punto de reventarle la piel. Me senté junto a él a esperar a que el analgésico surtiera efecto.


Los tres estábamos en silencio, ni siquiera nos veíamos a los ojos, sólo sosteníamos a Gordon. Laya empezó a olfatear el aire, se levantó, caminó hacia el árido paisaje y se detuvo después de unos pasos. Entre las rocas se asomó una hiena y mi corazón se detuvo. Laya en su infancia canina corrió hacia ella y nosotros cerramos los ojos esperando a escuchar un berreo. Cuando los abrimos, vimos dos bolas de pelo corretearse entre las rocas, pero después de un rato chiflé para que Laya volviera y así lo hizo, mientras que la hiena se alejó del escenario. Como resultado de su partida, una pareja de órices salió de su escondite para darnos un espectáculo bellísimo. Las majestuosas bestias de pelaje plateado y cuernos imponentes galoparon frente a nosotros, sabían que los admirábamos. Nuevamente Laya corrió hacia las rocas, persiguió a los antílopes y éstos la recibieron como si se tratara de una vieja amiga.


Los provenientes de la raza humana quedamos boquiabiertos. La naturaleza nos estaba regalando un momento de paz, un respiro que todos suplicábamos, aunque yo sabía que se debía al fracaso y la tragedia que dejamos en Tácamo y, posiblemente, el presagio del terror que se avecinaba. Sin embargo, despejé mi mente, volteé a ver a Tana y sólo con la mirada me contestó. Pusimos nuestros brazos alrededor de Gordon, en ese movimiento noté que había perdido demasiado color al igual que sangre. No teníamos alternativas, cualquier decisión precipitada podía definir la recta final del joven. Mi amiga y yo permanecimos tranquilos viendo a Laya retozar con aquellas fieras imperantes, mientras que la piel de Gordon se enfriaba y su respiración apenas se percibía.


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