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Michel Foucault

Actualizado: 18 sept



Entre las décadas de los 60's-70's, intelectuales, artistas y jóvenes de todo el mundo cuestionan los límites del poder y discuten las libertades individuales. Es en este escenario de cambio, un pensador revoluciona los estudios sobre la sociedad; un hombre obsesionado con los modelos de disciplina, que analiza el funcionamiento de los manicomios, cárceles, hospitales y asilos de ancianos, toda estructura que nos lleva a redefinir los sistemas de poder instaurados y aceptados socialmente. Es así como el filósofo francés, Michel Foucault, se convierte en el pensador más célebre de esa época.


Siendo hijo, nieto y bisnieto de médicos, tenía un destino predeterminado, mas él jamás seguiría ese camino, generándole profundas amarguras. Como exponente de la modernidad, su objetivo fue iluminar las zonas oscuras de la sociedad, y a su vez celebrar lo que llamó «la fiesta del pensamiento». Sus estudios del sistema de poder parten del análisis de las cárceles, apelando a la humanidad y concluyendo que la sociedad no sólo tolera, sino que exige que al delincuente se le haga sufrir. Posteriormente, toma ese modelo de disciplina social y lo amplía a todo el espectro de los estudios sociales: «Los hogares y las escuelas son instrumentos de las superestructuras para reafirmar su poder».

A partir del silogismo «saber es poder», se pregunta cómo actúa el saber para estructurar el poder, determinando que un grupo de poder establece qué es la verdad, mas no existe una verdad absoluta. El saber, en cambio, es lo que un grupo de gente comparte y decide que es la verdad. La "verdad" define lo correcto e incorrecto, la bondad y la maldad, lo normal y lo patológico; y a través de esta verdad, el poder disciplinario controla la voluntad y el pensamiento mediante un proceso llamado «normalización». Normalizar implica numerar y controlar, por medio del lenguaje, a los individuos para que cumplan su rol dentro del cuerpo social. Foucault afirma que aunque nos parezcan naturales o evidentes, los saberes o discursos son fruto de determinadas condiciones.


Las prácticas sociales han creado un lenguaje que se apoya en definir a algo por su opuesto —como también podemos apreciar en la obra orwelliana 1984—, este lenguaje define al discurso; donde «discurso» alude a cualquier cosa escrita o dicha, pero Foucault le da un nuevo sentido a esta palabra: los escritos pertenecientes a un área de saber técnico y provistos de un saber específico. El discurso de la locura, producido por psiquiatras y psicólogos, define a la locura como anormal, estableciendo, consecuentemente, la normalidad. Por ende, a través de la anormalidad se instauran las relaciones de poder en una sociedad: la persona "normal" tiene poder sobre la "anormal": el psicólogo define al loco, los médicos a los pacientes y los abogados son la contracara de los delincuentes. La locura implica la exclusión de cierta gente a través del confinamiento y el encierro; en lo que llama «El gran confinamiento» describe que en el siglo XVIII, uno de cada cien parisinos fue encerrado: locos, criminales y hasta epilépticos.


En Vigilar y castigar, Foucault describe el descuartizamiento de un condenado en 1757, lo cual en la época contemporánea cambia por una solución más "civilizada": la cárcel. Él cree que las cárceles fascinan porque a ciudadanos comunes se les permite ejercer el encierro, castigo y asilamiento, lo que llama «El mal sin límites». Reiterando, la sociedad no sólo tolera, sino que exige que al delincuente se le haga sufrir; este formato se expande a los asilos, hospitales y a la institución escolar.


En Microfísica del poder, Foucault afirma que el capitalismo se perpetúa gracias al ejercicio de poderes que se hayan presentes por todo el cuerpo social —micropoderes. El poder no se da mediante el enfrentamiento entre dominantes y dominados *ejem, Marx*, sino que está presente en cada parte de la estructura social; el Estado y los grupos sociales hacen uso del poder, el cual se ejerce de manera sutil en instituciones, organizaciones políticas, vínculos familiares y lazos íntimos. Esta reflexión condujo a Foucault al concepto de «sociedad disciplinaria», en donde sólo las mentes y cuerpos disciplinados pueden garantizar la productividad, aceptación de las normas y el pensamiento metódico requeridos por el capitalismo occidental. Pero este modelo de las sociedades de control fue cambiando con la llegada de la posmodernidad, puesto que el control fue otorgado a la seducción, el hedonismo, el consumo y la tecnología.

Para definir ese ambiguo sistema de relaciones entre el poder y la vida cotidiana, crea el término «biopolítica», en el cual plantea que la ideología requiere del control del cuerpo del individuo. Para la sociedad capitalista, lo que más importa es la biopolítica, pues ésta es la implementación de acciones políticas sobre la vida, tanto en cuerpos individuales como en poblaciones.

Entonces, el objetivo del biopoder es la gestión total de la vida. El sistema genera nuevas vacunas que reducen la mortalidad, por lo tanto, la biopolítica se da en la expresión más pulida del capitalismo: el neoliberalismo. El mercado toma decisiones, prescindiendo de toda autoridad, como ajustes de precios y tarifas, transferencias de dinero, redistribuciones arbitrarias —lo que se denomina «La mano invisible del mercado». En este esquema, los individuos no cumplen ningún papel. No es la explotación que denunciaba Marx, sino la exclusión progresiva de personas a las que se les niega identidad.


Según Foucault, las relaciones de poder varían debido a la resistencia; la libertad ética es un modo de resistencia a la trama de la biopolítica. Coincidía con lo que un siglo antes había dicho su idolatrado Friedrich Nietzsche: «El hombre de la modernidad es un ser centrado en sí mismo, incapaz de grandes deseos, dedicado a preservarse y a evitar el dolor». Resistir implica que el sujeto se tome como una obra de arte, por eso Foucault preconiza el arte de vivir.

Foucault fallece a los 58 años (1984), siendo portador del virus VIH. Para ese momento, era el pensador más leído e influyente del mundo. Su idea de que el poder es una red compleja y multidireccional, discontinua y azarosa define claramente el escenario internacional del nuevo siglo.


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