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Existencialismo

Actualizado: 26 dic 2020




¿Qué le da sentido a tu vida?, ¿Dios?, ¿el amor?, ¿dinero?, ¿ir de compras?, ¿tu serie favorita? Quizá a estas alturas ya le hayas atribuido un sentido propio a tu vida, o quizá creas que fuiste creado/a con cierta esencia como ser humano, y por lo tanto con un propósito concedido por un dios sabio, benevolente y omnipotente. Sea como sea, nadie te culpará por buscar el sentido de tu vida, ya que es algo que todos buscamos, e incluso necesitamos. Muchos de nosotros buscamos ese sentido a través de causas sociales, religión, la belleza que reside en las expresiones artísticas, etc., pero no importa dónde lo busques, hay un grupo de filósofos que dicen que ninguna de estas cosas, o todas ellas, le pueden dar sentido a tu vida: los existencialistas.

 

En la Antigua Grecia, Platón y Aristóteles creían que todo lo existente posee una esencia: un conjunto de propiedades inherentes que son necesarias o esenciales para que una cosa sea lo que es, si alguna de esas propiedades faltaba, entonces la esencia sería diferente y no podría ser ese objeto, sino que sería algún otro. Por ejemplo: un cuchillo puede tener un mango de madera, de metal o de plástico: son características sustituibles; sin embargo, la cuchilla es parte esencial para que sea lo que es. Pues bien, Platón y Aristóteles, al creer que todo posee una esencia innata, previa a nuestra existencia, podían afirmar que un buen ser humano sería aquel que se apegara a las cualidades propias que nos distinguen de los demás animales, a saber: pensamiento lógico, discernimiento entre el bien y mal, toma de decisiones con las consecuencias en mente, etc., lo cual les facilitaba la vida, ya que esos atributos congénitos te dan un propósito, trazan el camino a seguir y evitan que vivas buscando un sentido propio, ya que naciste para ser algo en específico. Esta creencia ontológica se llama «esencialismo», y se contrapone al existencialismo —una corriente responde a la otra, a pesar de que en la línea temporal difieran con más de 2000 años: la filosofía es una interpretación dialéctica, en donde se expone una idea y su antagonista puede tardar diez, cien o mil años en ser pensado.

El esencialismo fue la visión estándar del universo hasta finales del siglo XIX, y sigue siendo aceptada por muchas personas hoy en día. A finales de los 1800s, algunos pensadores comenzaron a debatir la idea de que estamos imbuidos con cierta esencia o propósito; Nietzsche, por ejemplo, es considerado un nihilista: creencia en el no-sentido de la vida, y a mediados del siglo XX, este tipo de ideas ya habían sido tratadas lo suficiente como para que un pensador francés, llamado Jean-Paul Sartre se preguntara: ¿Qué pasaría si nacemos sin estar programados de cierta manera? ¿Qué pasa si la existencia precede a la esencia, y al nacer es cosa de cada quien definir su esencia? Esta idea sentó las bases para lo que hoy en día conocemos como «existencialismo».

Al nacer sin una esencia definida, también nacemos sin un propósito definido, lo cual aparentemente nos deja en un vacío existencial frío, insondable y causa de terribles noches en vela. Si nacemos sin una finalidad predeterminada por Dios, ¿cuál es el sentido de nuestra vida, entonces? Es importante recalcar que el existencialismo no es sinónimo de ateísmo, ya que hay corrientes existencialistas ateas, agnósticas y teístas. Kierkegaard, quien es considerado padre del existencialismo, era teísta, y lo que los filósofos como él niegan no es el teísmo, sino la teleología: la noción de que Dios creó el universo con algún propósito en mente; a esta concepción de Dios se llama «dios personal», y su contraposición, el dios impersonal, también es parte de muchas filosofías imperantes, como lo es el budismo. Otras corrientes de pensamiento teísta, como el catolicismo, el judaísmo o el islam, propagan la idea de un dios personal: un ente con atributos humanos, pues nos hizo a su imagen y semejanza, y al ser cuasihumano, sus acciones conllevan sentido y finalidad. Un dios impersonal es un ser absoluto y abstracto que funge como una misteriosa fuerza física que actúa sintonizada con las demás fuerzas de la naturaleza, sin necesidad de tenernos en un pedestal o de notar siquiera nuestra existencia.

 

Ahora bien, al estar condenados a un mundo con un dios impersonal, uno que no se preocupa por nuestro desenvolvimiento como sociedad, los existencialistas llaman «el absurdo» al conflicto entre la búsqueda de un sentido intrínseco y objetivo a la vida humana y la inexistencia aparente de ese sentido; en otras palabras, buscar respuestas en un mundo sin respuestas. Somos criaturas que necesitan un significado, pero estamos abandonados en un universo sin significado. «Ya que no hay teleología, no fuimos creados con un propósito, y si no hay una razón para todo esto, tampoco hay absolutos a los cuales atenerse: no hay justicia cósmica, no hay rectitud, no hay orden, no hay reglas proscritas», lo cual suena aterrador, pero Sartre exploró este, uno de los aspectos más agonizantes del existencialismo, y concluyó que lo atemorizante no es la falta de sentido, sino la abundancia de libertad: al no haber guía para nuestras acciones, entonces cada uno de nosotros está destinado a escribir su propio código moral por el cual regirse, pensamiento que plasmó en su famosa cita: «El hombre está condenado a ser libre».

Podrás creer que hay autoridades a las cuales podemos recurrir en busca de respuestas, pero toda autoridad no es más que un vacío existencial disfrazado de supuesto conocimiento. Puedes hacer lo que tus padres digan, o tu iglesia o tu gobierno, pero esas autoridades son personas como tú, personas sin respuestas que tuvieron que inventar sus propias normas por las cuales regirse. Sartre, en respuesta a este fatídico desenlace, dice que lo que debemos hacer es vivir de manera auténtica: aceptar el peso de tu libertad, desde el punto de vista de lo absurdo; aceptar que todo sentido existente en tu vida fue dado por ti. Y si decides seguir un camino que alguien más haya seguido —llámese tus padres, tus gobierno o tu religión—, entonces estás negándote a aceptar el absurdo; estás pretendiendo que algo allá afuera tiene significado, un significado que no fue proporcionado por ti.

Para explicar mejor esta idea, Sartre cuenta la anécdota de uno de sus estudiantes que enfrentaba a una difícil decisión, una disyuntiva ante la cual pedía consejos: por un lado, podía unirse a la milicia francesa y pelear por una causa por la que creía, por otro, su madre era muy vieja y dependía enteramente de él. Así que podía ir a la guerra y apoyar una causa “noble” y “justa”, o podía quedarse en casa y dejar que los demás se hicieran cargo del destino de su nación. Sartre, ante esta dificultad moral, respondió que nadie podía darle una respuesta, ya que no existía una respuesta hasta que el joven tomara una decisión. Ningún código moral lo ayudaría a escoger un camino correcto, pues cualquier ayuda externa lo llevaría a vivir de manera inauténtica. La decisión correcta sería la que tomara basándose en los valores que él escogió aceptar.

Por tanto, muchos existencialistas nos recuerdan que el mundo y la vida pueden tener sentido, siempre y cuando nosotros se lo demos. Si el mundo es inherentemente privado de propósito, entonces podemos asignar cualquier propósito que querramos. De manera que nadie puede reprocharte que tu vida no vale nada si no tienes hijos, si no acabas una carrera, si no manejas un coche último modelo, si no ganas millones de pesos al año, si no cumples con los estándares hollywoodenses de una vida perfecta; nadie tiene el poder de atribuir sentido a tu vida, ese trabajo corresponde a cada uno de nosotros.

#filosofía

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