Animismo: equilibrio natural

Actualizado: 26 dic 2020



Hoy día vivimos en una sociedad industrializada, con metales estéticos que nos transportan por tierra, agua y aire, ladrillos que se erigen decenas de metros (con la presunción de haber alcanzado el cielo y no haber encontrado a ninguno de los cientos de dioses antropomorfos del colectivo imaginario) e incluso con animales que tratamos cual súbditos y los exprimimos tanto en vida (venta de mascotas, monetización de sus actos en zoológicos y circos, utilización de sus fuerzas/habilidades sobrehumanas, como a un burro de carga, etc.) como en muerte (venta al por mayor de la carne diseccionada o partes de sus cuerpos que consideramos preciados, como los colmillos de elefantes, cuernos de rinocerontes o pieles de prácticamente cualquier mamífero o reptil). Nos hemos autonombrado "soberanos del planeta", y cualquier otra forma de vida debe acatar nuestras órdenes o morir. Si no sentimos empatía ante hermanos de otros continentes o incluso de países cercanos, ¿qué podríamos sentir por todo aquello que consideramos inferior, bestial e incivilizado? Un rey ve por su ralea y por sí mismo, nunca por los plebeyos (cualquier monarca que obre por el bien de la mayoría, probablemente pertenezca a una película de niños). Mas esto no fue así siempre; no siempre fuimos la basura egocéntrica que somos en la actualidad.


Mucho antes de construir esclavos metálicos que facilitaran nuestras vidas, incluso mucho antes de ser una sociedad feudal, teníamos creencias mágicas: creencias animistas. Los cazadores-recolectores eran animistas: creían que no había una separación esencial entre los humanos, los demás animales o prácticamente cualquier objeto del mundo natural (montañas, ríos, árboles, volcanes, etc.); creían en la existencia de seres espirituales que habitaban en todas las cosas (nosotros entrábamos en esa categoría, y los seres que habitaban dentro de nosotros eran nuestras almas); creían que todo estaba vivo, consciente y poseía un alma. Este tipo de religiones aún existen, en su mayoría, en partes de África, sólo que hoy día son más complejas y no todas comparten los mismos elementos. Para nuestros antepasados, el mundo pertenecía a todos sus habitantes. La gente hablaba con animales, así como con árboles, piedras, hadas, demonios y fantasmas. De esta comunicación surgían los valores y normas que obligaban tanto a humanos como a animales, plantas y espectros a comportarse de cierta manera (algo así como un Consejo de las Naciones Unidas sobre los Derechos Humanos de la antigüedad).

Oberon y Titania, Joseph Paton.

Uno de los pueblos que aún tiene este respeto por el mundo natural es el nayaka, que vive en las selvas tropicales de la India meridional. Este pueblo se dio a conocer en nuestro mundo globalizado gracias al antropólogo Danny Naveh, quien los estudió durante varios años. Nos cuenta que, cuando un nayaka que anda por la jungla se encuentra con un animal peligroso, como un tigre, se dirige al animal y le dice: «Tú vives en la selva; yo vivo en la selva. Tú has venido a comer, y yo he venido a recolectar raíces y tubérculos: no he venido a hacerte daño». Quizá nos parezca increíble que una persona reaccione de esa manera ante un mamífero que podría matarnos en cuestión de segundos, pero también subestimamos a los animales salvajes; ellos no son diferentes a uno de los primeros homo sapiens, que cazaba para sobrevivir (alimento y vestimenta), no cazaba por diversión (como se hace en la actualidad). El Dr. Naveh cuenta otra anécdota concerniente a unos elefantes: una vez, un elefante al que llamaban "el elefante que siempre anda solo" mató a un nayaka. El pueblo se negó a ayudar a los funcionarios del departamento forestal indio a capturarlo, incluso se opusieron a su matanza. Explicaron que ese elefante era muy apegado a otro elefante macho, uno con el que siempre paseaba. Los elefantes iban juntos por el camino de día, al oscurecer se separaban y cada uno seguía su camino, pero en la mañana siempre se reunían... hasta que el departamento forestal capturó al segundo elefante, entonces "el elefante que siempre anda solo" se volvió irascible y violento. "¿Cómo te habrías sentido tú si te alejaran, por la fuerza, de tu esposa?", pregunta un nayaka, "así es exactamente como se siente el elefante". "Ese día, el elefante vio caer a su compañero, lo vio tendido en el suelo. Si dos siempre van juntos, y disparas a uno, ¿cómo se sentirá el otro?". Una persona industrializada podrá creer que un animal salvaje es poca cosa, que no es inteligente, que no puede procesar emociones, mas no es así. Nos gusta sentirnos especiales, y nos gusta creer que no hay nadie a nuestra altura. Es nuestro ego el que no nos permite ver la realidad.

 

La expulsión de Adán y Eva, Giuseppe Cesari.

Esta idea de superioridad, esta renegación de nuestra naturaleza animal, viene desde el Antiguo Testamento. En él, la única vez en la que un animal habla (animismo) es al principio, cuando la serpiente tienta a Eva a comer el fruto prohibido. En el Jardín del Edén, Adán y Eva vivían como recolectores, y la expulsión del mismo tiene una semejanza asombrosa con la revolución agrícola. En lugar de permitir que Adán siguiera recolectando frutos, un Dios colérico lo condena: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan». La lección es clara: no escuchar ni hablar con animales, renegar el pasado animista. Mas no es éste el único mensaje escondido, pues en la mayoría de los lenguajes semíticos (una familia de la macrofamilia de lenguas afroasiáticas; ejemplos actuales incluyen al hebreo y al árabe), «Eva» significa «serpiente hembra», según lo cual, las serpientes no son nuestros enemigos, sino nuestros ancestros. Gran cantidad de culturas animistas creían que los humanos descendían de los animales, en su mayoría de reptiles. Los aborígenes australianos creían que «la Serpiente del Arcoíris» creó el mundo. Los pueblos aranda y dieri sostenían que sus tribus se originaron a partir de lagartos o serpientes. E incluso la ciencia moderna confirma esto: nuestra corteza cerebral está construida alrededor de un núcleo reptiliano, es lo que se conoce como «cerebro reptiliano» (o «complejo-R, para evitar asociaciones ridículas con la mitología reptiliana»), el cual engloba el tallo cerebral, el sistema límbico y los ganglios basales. Nuestro encéfalo fue evolucionando con el paso de los años de un «cerebro reptiliano» primitivo, con funciones básicas para sobrevivir, como procesos homeostáticos (regulación tanto de la presión arterial como de la temperatura corporal) y comportamientos instintivos de supervivencia. Este aparato primitivo fue desarrollándose y convirtiéndose en un «cerebro de mamífero» y, eventualmente, en un encéfalo humano, pero las raíces claramente son reptiloides.


El Génesis dice que, en lugar de descender de serpientes, los humanos fueron creados «a imagen y semejanza de Dios»; fueron creados por obra divina a partir de materia inanimada. La serpiente no es nuestro ancestro, sino que nos seduce para rebelarnos contra nuestro Padre celestial. Mientras que los animistas consideraban a los humanos un animal más, la Biblia asegura que son una creación única, y cualquier intento de reconocer el animal que hay en nuestro interior niega el poder y la autoridad de Dios. Es curioso que los humanos modernos hayan dejado de creer en Su existencia al mismo tiempo que la ciencia muestre nuestra evolución a partir de reptiles.

La destrucción de Sodoma y Gomorra, John Martin.

En fin, ya sea que  nuestro alejamiento de la naturaleza sea consecuencia de un dios colérico o subproducto de la revolución industrial, el resultado es el mismo: extinciones masivas, sobrepoblación de animales domesticados (aquéllos que consideramos "dignos" de servirnos, ya sea como alimento o como entretenimiento) y la destrucción entera del planeta. Me sorprende, y a la vez me entristece, la inconsciencia que existe a nivel global. Sí, hay gente que lucha por acabar con esta conducta irracional, pero es una minoría. Nos llamamos «el pináculo de la inteligencia» y no podemos mantener un equilibrio en nuestro mundo. Si seguimos con este comportamiento, sucederá lo inevitable (y justo): nuestra extinción. El día en que el último humano perezca, la naturaleza podrá darse un respiro y continuar con su balance. No somos necesarios, somos una plaga, y lo único peor que acabar con este planeta sería alcanzar el nivel tecnológico para destruir más planetas.


Siempre habrá gente que busque el camino correcto, al igual que gente que busque enriquecerse a costa del sufrimiento ajeno, y los últimos tienden a ser los que ostentan el poder, los que dirigen naciones. Sólo espero que, si algún día conseguimos salir de este planeta con dirección definitiva hacia otro, hallamos alcanzado la conciencia suficiente como para dejar el egoísmo corporativo de lado y podamos vivir en armonía con el medio ambiente. Yo, por mi parte, seguiré intentando cambiar la mentalidad de mi círculo cercano, y tú, si te consideras "de los buenos", deberías hacer lo mismo.

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