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El amor como preludio de la locura


Adán y Eva cometiendo el pecado original en La Madonna de la Victoria, Andrea Mantegna, 1496.
La Madonna de la Victoria, Andrea Mantegna, 1496.

El amor es un fenómeno universal, al igual que la locura, pues desde que la primera chispa de cariño surgió entre dos humanos, la demencia observaba oculta tras un arbusto. Afirmo esto de manera categórica porque no solo he dedicado una vida a la historia, al amor y al amor histórico, sino porque he vivido la decadencia maniática en carne y hueso.


A lo largo de los años me he obsesionado con relaciones tan pasionales, tan enfermizas y tan dañinas que han pasado a los libros de historia como claros ejemplos de lo que no se debe hacer; hablo de amores de la talla de Cleopatra y Marco Antonio, Zelda y Scott Fitzgerald y Carlota y Maximiliano de Habsburgo. La vida y obra de estas personas ha sido mi objeto de estudio para escribir este blog.


Cleopatra y Marco Antonio


Cleopatra y Marco Antonio enamorados, Jozef-Szekeres.
Cleopatra y Marco Antonio, Jozef-Szekeres.

Conocido como el Segundo Triunvirato, la Roma de los años 43 a.e.c. era gobernada por tres aliados: Octavio, Marco Antonio y Marco Emilio Lépido, estructura de gobierno que surgió como respuesta a la anarquía política nacida del asesinato de Julio César.


Marco Antonio, nuestro protagonista en esta ocasión, quedó a cargo de la parte occidente de los territorios romanos, por lo cual le convenía tener una buena relación diplomática con Cleopatra, emperatriz de Egipto y dueña de inmensas riquezas, abundantes suministros de cereales y con una locación estratégica y militar sin igual. Tony, en lo que sería un equivalente contemporáneo de mandar un whats diciendo "¿Ontas?, te pago el Uber", envió un mensajero para estrechar relaciones con Cleopatra, y ella, nada tonta, aceptó, pues ganarse la amistad de uno de los hombres más poderosos del mundo conocido nunca cae mal.


Cleopis sabía que a Tony le fascinaba la cultura helénica, a lo que asistió a la reunión vestida de la mismísima Afrodita, diosa griega del amor. Además, iba acompañada de jóvenes bellos representando a Eros y hermosas jovenzuelas vestidas de ninfas, a la vez que esclavos rociaban perfume a su paso. Marco Antonio quedó hechizado. Se cuenta que Cleopatra no era la mujer más bella de todas, pero sí contaba con la inteligencia y confianza suficientes para conquistar a cualquier hombre, además de ser profundamente carismática y poseer una voz tan dulce como la miel misma.


La pasión nacida entre este par de regentes no fue diferente al de un amor ingenuo de adolescentes: pasaban los días jugando dados, bebiendo vino y cazando conejos y antílopes, incluso se vestían de esclavos y deambulaban por las calles sin preocupación alguna por los imperios que dependían de sus decisiones en horarios lúcidos.


Sin embargo, Marco Antonio estaba casado, y a estas alturas repudiaba a Octavia, su esposa y hermana de Octavio, por lo que este último decidió arrebatarle su parte perteneciente de Roma en el Actium, evento que también es conocido como la batalla de Accio. Mucho se ha escrito sobre este acontecimiento surgido del amor irresponsable y espontáneo, desde grandes próceres como Virgilio y Shakespeare, hasta figuras más humildes, como un servidor.


El amor entre Marco Antonio y Cleopatra era puro, hermoso e incorruptible, adjetivos demasiado bellos para soportar la naturaleza oscura y sórdida de las sociedades humanas. Antonio encontraba en Cleopatra un escape a sus obligaciones tajantes de dirigente romano, al igual que ella podía ser una joven despreocupada, sin tener que pensar en las responsabilidades palaciegas que le fueron impuestas a la corta edad de dieciocho años.


Tras la batalla de Accio, tanto Marco Antonio como Cleopatra se suicidaron, y, en un acto redentor y reivindicatorio, fueron enterrados juntos, pasando a la historia como uno de los amores más pulcros y políticamente demenciales de todos, pues juntos lideraban la mitad del mundo conocido y, aún así, el amor que se tenían era mayor que las ínfulas de grandeza que solamente afectan a aquellos que carecen de amor. Egipto pasó a ser parte de la República Romana y a Octavio se le otorgó el título de César Augusto, convirtiéndose en el primer emperador romano.


Zelda y Scott Fitzgerald


Fotografía de la boda de Zelda y Scott Fitzgerald en la catedral San Patricio de Nueva York, 1920.
Fotografía de la boda de Zelda y Scott Fitzgerald en la catedral San Patricio de Nueva York, 1920.

En 1918, Scott Fitzgerald, quien desde temprana edad fue catalogado como "alguien de inteligencia atípica y con un vivo interés por la literatura", pertenecía al ejército estadounidense, ostentando el título de subteniente de infantería. Como bien recordaremos, de 1914 a 1918, hubo un conflicto bélico mundial conocido como la Gran Guerra, y Scott, teniendo el cargo que tenía, estaba pronto a zarpar al frente de esta contienda militarista financiada por el pueblo pero que solamente beneficiaba a unos cuantos; sin embargo, la guerra acabó antes de que nuestro segundo protagonista recibiera órdenes de partir.


En esta época, Scott estaba asignado al campamento Sheridan, y en una de tantas veces que salió de juerga, conoció a Zelda Sayre en un club campestre. Zelda era hija de un juez del Tribunal Supremo, nieta de un senador, una senadora y el dueño de un periódico en Montgomery. Su familia había sido de los primeros colinizadores en Long Island, por lo cual tenían bastante dinero; Zelda estaba acostumbrada a una vida muy diferente a la que había tenido Scott. Aún así, al conocerse, ambos se enamoraron, y lo constataron al escribirlo cada cual en sus respectivos diarios.


A pesar de que a la familia Sayre, de religión episcopal, le resultaba repulsiva la idea de que Zelda contrajera matrimonio con un católico pobretón y alcohólico, ella no era afín a seguir órdenes, más bien gozaba de contrariarlas, y para 1920 ya estaban comprometidos. Contento con las oportunidades que el destino le había brindado, Scott ahora tenía una responsabilidad económica mayor, por lo que se decidió a escribir día y noche, hasta publicar su primer novela, A este lado del paraíso, la cual tuvo éxito inmediato y catapultó a la pareja a la fama.


Los Fitzgerald fueron rockstars mucho antes de que el rock existiera: eran reconocidos adonde sea que fueran y poseían la belleza y elegancia que muchos deseaban; Dorothy Parker, famosa dramaturga, cuentista, guionista y poetisa cuenta que al conocerlos, ambos estaban sentados en el techo de un taxi, y "lucían como si acabaran de salir del Sol; su juventud era impresionante. Todos querían conocerlos"; sin embargo, ambos eran acohólicos y padecían un comportamiento salvaje y fiestero: la bebida los llevó a brillar en fiestas, pero en privado hacía que pelearan de manera constante.


Aunado a las peleas, Zelda exigía el estilo de vida al cual su familia la había acotumbrado, por lo cual tenían múltiples ayudantes en la casa; eventualmente, esto se volvió impagable, y Scott, a pesar de escribir frenéticamente, no pudo costear las deudas. Zelda, tan libre, independiente y autodeterminada como ella misma, incurrió en múltiples infidelidades, aún así, Scott nunca quiso separarse de ella. En esas épocas, Scott escribió en su diario que "había pasado algo que nunca podría ser reparado".


La figura que algún día se conoció de los Fitzgerald ya no era más que un vago recuerdo onírico, ahora estaban en bancarrota, gastaban más dinero en alcohol que en ellos mismos, Zelda atacaba constantemente la hombría de Scott y él, por su parte, pensaba obsesivamente en los amoríos de Zelda. Esto, quizá ineludiblemente, derivó en que Scott padeciera depresión y Zelda esquizofrenia, a lo cual respondió con múltiples intentos de suicidio.


La vida de los Fitzgerald es un triste ejemplo de cómo dos personas increíblemente talentosas, inteligentes e ingeniosas pueden transformarse en celópatas perturbados con tendencias suicidas y problemas de alcoholismo, todo por la necedad de seguir juntos. Zelda, a pesar de contar con gran habilidad para las palabras y la escritura, vivió opacada por Scott. En 1932, Zelda publicó su única novela, Save Me The Waltz, maravillosa obra autobiográfica que el mismo Scott acusó de plagio y denominó a su supuesto amor eterno como una "escritora de tercera".


Zelda no solo escribió, sino que también fue una gran bailarina de ballet y una excelente pintora, pero nunca recibió el reconocimiento que merecía. Murió en un incendio en el Hospital Highland, en donde pasó los últimos años de su vida, y Scott, amargado, deprimido por haber perdido todo lo que alguna vez tuvo y con un amorío que solamente le recordaba el gran rencor que le tenía a Zelda, murió de un repentino ataque al corazón. Ambos tristes, derrotados y habiéndose hecho más daño del que pudieron soportar.


Carlota y Maximiliano de Habsburgo


Maximiliano y Carlota de Habsburgo, 1863.
Maximiliano y Carlota de Habsburgo, 1863.

Como proletario que soy, siento natural aversión por la nobleza y sus problemas llenos de privilegios, pero pocas parejas han influido tanto en la historia del país como Carlota y Maximiliano de Habsburgo.


En 1861, don Beni, aquella figura que tantos presidentes han procurado utilizar como símbolo de unión nacionalista pero que a la vez renegaba sus raíces indígenas, decidió suspender el pago de deuda externa, por lo cual los franceses, en el mero apogeo del imperio de Napoleón III, enviaron un ejército de ocupación, respaldados por los conservadores mexicanos que deseaban quitar a Juárez de la presidencia, por lo cual también mandaron al archiduque Maximiliano de Habsburgo, junto a su esposa Carlota de Bélgica, para fungir como emperador de México.


Cabe aclarar que, como muchas veces pasa en la vida, este amor no era bidireccional ni correspondido, como los dos casos anteriores, sino que Carlota daba de sí un 90% mientras que Maximiliano daba el 10% restante.


La pareja de aristócratas contrajo nupcias en 1857, cuando Carlota tenía diecisiete y Maximiliano veinticinco, y este último era conocido por asistir a fiestas "alocadas" y ser cliente frecuente de burdeles. Dos años después, Max viajó a Brasil y regresó con una enfermedad venérea, con la cual contagió a Carlota, imposibilitándole el tener hijos.


Al llegar a México, fueron rechazados por absolutamente todos, pues el bando de liberales se oponía a la instauración de una monarquía europea y los conservadores que lo habían traído no simpatizaban con las ideas liberales del archiduque austríaco. No obstante, Maximiliano no perdió el tiempo y, ya teniendo treinta y cuatro años, embarazó a una joven de diecisiete que cuidaba las plantas de su casa de descanso, la cual hoy en día conocemos como el Jardín Borda.


Esta joven, llamada Margarita Leguizamo Sedano, pero conocida en la región como "La india bonita" por su inigualable belleza, era visitada por el intento de emperador de manera constante, quien, se cuenta, salía a las tres de la mañana de la capital para poder llegar a las once a Cuernavaca, y así poder compartir "conversaciones, botellas de vino y amor fugaz".


En fin, unos años después, Maximiliano fue fusilado y Carlota regresó a Europa, en donde fue recluida durante más de sesenta años en tres locaciones diferentes: el Castillo de Miramar, Tervuren y Bouchout.


Poco se habla de que, debido al Estatuto Provisional del Imperio, Carlota era quien, en ausencia de su aberración de esposo, fungía como regente de México, siendo la primera gobernante mujer del país. Ella fue quien promulgó la abolición de los castigos corporales y estableció un límite para las jornadas de trabajo, además de destinar grandes sumas de dinero para obras de caridad, guarderías, asilos y orfanatos; también fundó un conservatorio y una academia de artes y promulgó la Ley de Instrucción Pública, que convertía la educación pública en obligatoria y gratuita.


Aún así, murió encerrada, deprimida y con una salud mental severamente afectada. Se cuenta que reía y sollozaba alternadamente, a la vez que hablaba incoherencias; creía que su comida estaba envenenada, por lo cual rara vez se alimentaba, y no puedo evitar pensar en las similitudes con Juana de Portugal, la mal llamada "Juana la Loca", que, al igual que Carlota, solamente fue víctima de los celos por culpa de un esposo mujeriego e infiel, confinadas los últimos años de su vida a un encierro solitario, destinadas a lo mucho que eso puede afectar la lucidez.


Tanto Juana como Carlota amaron con locura, mas no vivieron con locura, y tuvieron la fatal suerte de que sus historias fueron contadas por personas prejuiciosas y carentes de perspectiva. Al final del día, el único error que cometieron fue enamorarse de alguien que no las merecía.

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