Los motivos de Díaz Mirón

Los motivos de Salvador Díaz Mirón

Sursum como exhortación a don Justo Sierra

Tu idea tiene cráteres y vierte lavas;

del Arte recorriendo montes y llanos,

van tus rudas estrofas jamás esclavas,

como un tropel de búfalos americanos.

Rubén Darío

Salvador Díaz Mirón (1853-1928) fue un poeta mexicano y un hombre de vida política inquietante; fue preso, exiliado, y en 1884 formó parte de una minoría de diputados oposicionistas en el Congreso de la Unión, rebatiendo a quienes estaban a favor de renovar y aumentar una deuda contraída años atrás con el gobierno inglés.

En el marco de esta discusión política, Díaz Mirón compuso un poema clave en su obra lírica de juventud: Sursum (1884), una composición de ciento veinte versos endecasílabos, ya no dedicada, si no dirigida directamente a Justo Sierra , quien formaba parte del gabinete adversario que estaba a favor de renovar los créditos con Inglaterra.

El poema no carece de aspectos formales dignos de análisis, como la perfección métrica que caracterizó a la obra entera de Díaz Mirón (el poema está arquitectónicamente construido con seis estrofas de veinte endecasílabos cada una), o la musicalidad de su verso, obtenida con la adopción del metro francés, por sus recurrentes lecturas a la obra lírica de Víctor Hugo. Pero a lo largo de este ensayo, más bien me enfocaré en el contenido de la composición y en los acontecimientos que motivaron la creación de la misma.

A Salvador Díaz Mirón le tocó vivir en una época agitada, en un punto turbulento de la República. A principios de la segunda mitad del siglo XIX, el puerto de Veracruz tuvo una gran concentración de sucesos históricos trascendentales (como la segunda intervención francesa o la firma de las Leyes de Reforma, que tanto impacto causarían en el país). Así, el pequeño Salvador creció en un ambiente de hostilidad militar e incertidumbre nacional.

Su padre, Manuel Díaz Mirón (quien a la sazón también era poeta) militó en las tropas Juaristas como coronel, y combatió a los estadounidenses en 1847 y a los franceses en 1862; a Salvador nunca le fueron ajenos del todo los altibajos sociales del país, y la poesía de su primera época está caracterizada por un brío de juventud que buscaba la redención social a través del verso.

En el invierno de 1884, vísperas finales del gobierno de Manuel González, la situación económica del país se encontraba tambaleante. En el Congreso de la Unión de Veracruz hubo una divergencia entre los diputados que proponían pagar la deuda que ascendía a trece millones de pesos mexicanos, contraída con el gobierno inglés. Esto lo harían con la finalidad de obtener créditos con dicho gobierno por el monto de diecisiete millones de libras esterlinas. Sin embargo, estaban aquellos que rebatían la propuesta, alegando que la acción significaría no la solución de un problema sino su engrandecimiento.

Entre las filas de estos últimos se encontraba Diaz Mirón, y tan sólo veinte días antes de la publicación de Sursum, declamó un discurso ante la cámara, representando a esa minoría que se negaba rotundamente a colaborar con la empresa. Sierra había argumentado días antes que Manuel González y Porfirio Díaz se habían comprometido ya con los tenedores de fondos mexicanos en Londres, y Salvador refutaba que: "el interés de un hombre no es nada ante la conveniencia de la humanidad; el amor propio de un ciudadano no es nada ante la dignidad de un pueblo [...] esto equivale a hipotecar el país y exponerlo al abismo o a la deshonra" (Sol 107).

Toda esta cuestión terminó cristalizándose –ya con un tono personal– en esta composición endecasílaba, que es a la par una exhortación a Sierra a reconsiderar su postura y por otro lado, un manifiesto Diazmironiano sobre lo que debe ser la poesía y la postura que debe adoptar el poeta para con su época.

En una de sus conferencias, el Dr. González Martínez opina que Díaz Mirón tenía en su primera época la "voz magnífica, el ademán orgulloso y el verso de timbres metálicos", esta primera estrofa que analizaré a continuación sustenta sus palabras:

¿Por qué no te alzas a la faz de Harmodio,

y no repeles, cuando Atenas grita

esa montaña de calumnia y odio

que sobre tu hombro de titán gravita? (v. 93-96)

La comparación tiene cualidades poéticas muy particulares: Harmodio es un heroico personaje histórico de la Grecia del siglo VI antes de Cristo, y es concebido como mártir de la libertad a raíz de que murió liderando el derrocamiento del tirano Hiparco. La comparación resulta más brillante sobre todo cuando nos percatamos de que los alegatos y alusiones a la tiranía van dirigidas a quien en ese año se reelegiría por segunda vez y no abandonaría la silla presidencial durante varios lustros.

En la misma línea de las alusiones grecolatinas (recurso abundantemente utilizado por los modernistas), Díaz Mirón hace gala de su conocimiento de los clásicos haciendo desfilar entre sus estrofas a una serie de personajes −y conceptos unidos a ellos− de Las Metamorfosis de Ovidio, tales como Sísifo, Procusto y Acteón mordido por sus perros. Con esos ejemplos metaforiza el esfuerzo vano, el despotismo, y la ironía de ser los causantes de nuestra propia ruina, respectivamente.

Díaz Mirón creía inconcebible que alguien a quien tenía por ejemplo, tomara esos partidos. La opinión popular parecía respaldarlo, ya que durante las semanas del conflicto, los alumnos de la Escuela Nacional Preparatoria, se negaron a entrar a la clase de Sierra, por las inclinaciones políticas de éste. Mientras tanto, Salvador –quien en esa época era ya considerado un cantor de las causas populares– era aclamado fuera de las tribunas por su pericia en la oratoria y en el verso. En uno de los fragmentos más personales, le canta a Sierra:

Derrama el verbo cuyos soplos crean

la fe que anima y el valor que salva,

y que a tu acento nuestras almas sean

como tinieblas que atraviesa el alba (v. 113-116)

Aquí podemos observar algo que es importante puntualizar: el carácter epistolar del Sursum está en todo momento exento de hostilidad; fue un grito de poeta a poeta, más que de diputado a diputado. Durante todo el conflicto hubo un respeto mutuo entre los dos. Esta estrofa arroja luces sobre la opinión real de Salvador hacia la persona de Sierra; confía en la claridad de pensamiento que puede abrirse por las tinieblas de la inquina política e invita al maestro Sierra a verter esa claridad en su poesía.

Y por momentos la invitación parece tomar forma de súplica desesperada; en este cuarteto siguiente Díaz Mirón retrata la atmósfera que él respiraba en su época, y exige a Sierra el tomar parte en el asunto de manera inmediata:

Rompe en un himno que parezca un trueno,

el mal impera de la choza al solio,

todo es dolor, o inquinidad o cieno,

pueblo, tropa, senado y capitolio (v. 101-04)

En otra de las estrofas desarrolla un punto muy profundo, que posteriormente José Emilio Pacheco en su ensayo Díaz Mirón, consideró cercano a los conceptos planteados por Nietzsche en el Zarathustra, (libro con poca o nula posibilidad de ser influencia directa, por la posición temporal de ambas obras, ya que era difícil que Díaz Mirón tuviera acceso a dicha obra recién escrita en alemán).

Pacheco encontró tanto en Sursum como en Así habló Zarathustra, la idea de despreciar a la mentira −aunque se presente embelesadora ante nuestros ojos−, prefiriendo la verdad desnuda con todas sus implicaciones. Salvador creía que el deber sagrado del poeta era evidenciar ese engaño, que poéticamente llamaba "quimera" o "prisma encantador", para poder actuar en consecuencia:

La verdad, si engrandece la consciencia

devora el corazón nunca sumiso,

es el fruto del árbol de la ciencia,

y siempre hace perder el paraíso (v. 9-12)

Esta idea de la vista intelectual despejada, sirve de preámbulo para algo que menciona en más de una ocasión a lo largo del poema: la subordinación del estado de satisfacción personal en pro de los intereses de las masas. Él como poeta se considera análogo a un candelero que pacientemente alumbra una capilla, consumiendo su cera sin inmutarse para iluminar las tinieblas; dice que el poeta, al cumplir con lo que le está encomendado: "[…] gasta y pierde su llama y su perfume / por incensar en derredor el templo" (v. 47-48) o bien que debe ser "[…] perdida la esperanza propia / el paladión de la esperanza ajena". (v. 19-20)

Al escribir este poema, Díaz Mirón tenía ese doble móvil ya expuesto: por un lado, plasmar su visión de lo que debe ser la poesía y por el otro, invitar a Sierra a adoptarla. La situación de la deuda inglesa es solo el marco histórico y el detonador de un acontecimiento que tiene más relevancia en el campo literario, que en el político.

La tesis fundamental que Díaz Mirón desarrolla en el Sursum, es básicamente la concientización de que la suya era una época de cambios, por lo que invitaba a asumir una postura estoica y de compromiso social en el ámbito artístico. Esta estrofa sintetiza ese último ideal:

El bardo, con palabras de consuelo,

debe elevar su acento soberano,

y consagrar con la canción del cielo,

no su dolor, sino el dolor humano (v. 37-40)

Manuel Sol, un crítico moderno, ha hecho uno de los estudios más lúcidos de la obra del poeta veracruzano. Con la objetividad que brinda un siglo de distancia en el tiempo, opina que si alguna vez Díaz Mirón fue sincero consigo mismo (refiriéndose a la heterogeneidad de sus temáticas y enfoques a lo largo de su evolución artística) fue en esa primera época, donde ejercía el poder de la palabra desde las tribunas.

Así, esta composición destaca entre las letras mexicanas por su trasfondo histórico y porque involucra directamente a dos de los literatos más remarcables de la segunda mitad del siglo XIX. Destaca también porque tiene −como alguna vez Octavio Paz del Sueño de Sor Juana− una doble obscuridad: la mitológica y la conceptual, en una muestra del dominio retórico, métrico y discursivo que el poeta poseía ya a sus treinta y un años. Su vasto conocimiento de literatura clásica convierte al Sursum en un laberinto de alusiones que van desde Homero hasta Shakespeare, todo enmarcado en aquel México inestable que tenía sólo setenta años como nación independiente.

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